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Crítica: El Triángulo Azul

Las obras del grupo Micomicón (que dirige Laila Ripoll) le encantarían a Valle-Inclán. EL TRIÁNGULO AZUL se exhibe en el teatro dedicado al insigne autor del 98 pero en la sala de arriba denominada Francisco Nieva (a don Paco también le encantarían). De la trilogía de la Memoria (lo más reciente de ellos) vi la última entrega (Santa Perpetua). Un esperpento (dicho en el mejor sentido de la palabra, en el más literario). En aquella pieza, aparte de la fauna y la flora retratada, cabía esperar saber qué pasó con aquella bici y por qué un tipo como Mariano Llorente tenía tanto empeño en recuperar una simple bici. Aquella obra estaba muy bien pero costaba digerirla. Creo que era para los incondicionales, yo no me sentí el "target" (que es un barbarismo muy de ahora). 

Fui a ver EL TRIÁNGULO AZUL porque sale Paco Obregón, que es un hombre de teatro singular y entrañable como pocos, de los de antes, de los que saben hacer de todo, escriben, dirigen, actúan, mal producen y, por supuesto, saben conducir furgonetas. Me gusta no saber nada de lo que voy a ver hasta diez minutos antes, cuando ya no es posible arrepentirse. Leí la sinopsis deprisa y me pareció repetitivo el tema: más memoria, más heridas abiertas de las de la guerra, más desolación y esperpento. Además me anuncian que dura dos horas aunque la gente como yo recibimos el teatro como viene, dure lo que dure, sea más o menos incómoda la butaca. Lo que quiero decir es que EL TRIÁNGULO AZUL no es una reflexión poética, triste e izquierdosa. Es una intensa obra de teatro en la que pasan cosas, en la que te metes de lleno, en la que te crees lo que estás viendo. En la que la cosa puede acabar con sentido o sin él, qué importa, todo llega (y antes pasa), como en la vida.

Te metes tanto en la historia que la muerte (la verdadera protagonista) se te hace tan cotidiana como a los personajes. Hay que seguir viviendo y, claro, se hace lo que se puede. EL TRIÁNGULO AZUL no es para iniciados, es para todos. Es dura, no es para niños (o sí, por lo menos para mayores de doce, muy recomendable para adolescentes), pero no hay que saber de teatro para verla. Se aprende teatro viéndola. Tiene un lado didáctico, no pretendido. No es pretenciosa. Solo es brutal. Fascinante. Es musical. Muy musical. Revistera. Auténtica. Tiene ritmo. Intensidad. Tiene humor. Al final aplaudes a los actores y ellos te miran emocionados, como si fueran tan testigos del drama como tú mismo. 

Mi madre, que vivió la guerra, habla de ella igual que lo hacía Marsillach: eran niños, para ellos fue a la vez sueño y pesadilla; o una pesadilla en la que pasaban cosas entrañables y bonitas. Porque los buenos tiempos, en el momento de vivirlos nunca son tan buenos. Por la misma razón los malos tiempos, en el momento de recordarlos, nunca son tan malos. Aunque a los creadores les cueste desasirse de su más reciente fuente de inspiración, mereció la pena recordar a los españoles de Mathausen. Cuando veáis una danza primitiva y macabra con tambor, pandereta tétrica, máscaras, esparto y cornamentas, llevaréis alucinando un buen rato. La reflexión sobre la muerte que al principio hace el esperpento de Hitler me dejó pensativo toda la noche.

Id a verla. Si os digo: NO OS LA PERDÁIS no sé si me haréis menos caso. Dejaos llevar. Si os sentáis a este lado del escenario, saldréis con vida de Mathausen.

VÍCTOR MENDOZA

1 comentario:

Chechu Esteban dijo...

Me han gustado mucho tus palabras sobre El triángulo azul. Espero que no te importe que te cite y utilice tu crítica para animar, en Soria, a que la gente vaya a verla. Un saludo